Algunas gentes piensan que el hombre mayor debiera abstenerse de voltear a ver una bella cadera o unas torneadisimas piernas femeninas, y a estas alturas, cuando lo hace hay quien lo denomina libidinoso y hasta sucio ¡Y todo por el simple hecho de que aun admira la belleza femenina! Incluso se le aplica un adjetivo que intenta ser bastante descriptivo de esta situación: viejo rabo verde, ajustandolo a la similitud con la cebolla por la cabeza blanca de canas y el rabo verde, porque verde, de una forma natural, termina siendo sinonimo de juventud, aunque esta semejanza debiera ser reconsiderada pues desde que el mundo es mundo, este a pesar de sus miles de años, reverdece ciclicamente, regenerando y creando vida constantemente; lo que por cierto y de algún modo, tambien se da con gentes de la tercera edad que continúan siendo productivos sexualmente, por lo que no es raro ver ejemplos de gente famosa que logran ser nuevamente padres a los setenta u ochenta años, cuando esto sucede la sociedad en lugar de censurarlos, los admira y los aplaude. Aunque en este aspecto tampoco termino de entender a las jovencillas que presumiblemente los adoran, pues no se si estas envidian a la joven nueva madre por el hombre que tiene (insisto, un poquito mayor) o envidian la lana que ésta le va a sacar al pobre, no lo se. Pero a nivel comun, el asunto persiste: Esa misma sociedad hipocrita indica que no deben existir los viejos calenturientos. Una agresión más u otra forma de segregación. Si segregación.
Bueno pero porque todo este rollo con la vejez, pues porque la belleza es una cosa que cambia, diriamos que es algo que toma otra posición y se mueve de fuera hacia dentro, se convierte en una reflexión sobre uno mismo, apoyandose en la certeza de lo espiritual, haciendo que el asunto se convierta en algo difícil de manejar, principalmente por la mujer madura, porque esta situación se complica más al paso del tiempo, cuando se esclaviza con el tema de la belleza física, agregando esa exigencia imposible a la enormidad de problemas reales que ya de por si se cargan encima.
Lo anterior a los hombres nos coloca en posiciones aparentemente diferentes, las que sin embargo terminan uniendose principalmente por los fetichismos altamente sexualizados pero tambien muchas veces inocentes y tranquilos que se conjugan para admirar, apreciar y recordar todo aquello con lo que hemos vivido toda una vida, sin que por esto debamos ser considerados amorales o libidinosos, pues normalmente aplicamos esta indecente mirada cuando vemos a una mujer de más de veinte, la cual ciertamente ya no es una niña ¡Y menos ahora!! y de la cual estamos concientes y seguros de que en pocos años su esplendida belleza física, pasara a segundo plano, por lo que es necesario admirarla desde el inicio del pelo, pasando por la contemplación de todo lo demas, hasta alcanzar la uña del dedo gordo del pie izquierdo, antes de que le suceda lo que al mango, lo cual tambien es una lección crudamente natural, pues esta inocente frutita en muy corto tiempo se afloja, se aguada y la piel se le arruga, enjutandose, dandonos cuenta que algunos se tornan increiblemente dulces, pero otros se amargan echandose a perder, haciendose necesario mandarlos al bote de basura.
Tema largo de tratar aun, pero que termina siendo otra de las desgracias cuando entras a la tercera edad.
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