Pero tambien debo aceptar que no soy tan amigo de la poesía como se podría pensar, en ocasiones se me hace demasiado dulce y empalagosa y en otras le encuentro matices que no acierto a comprender o a aplicar.
Quiza me he dejado llevar algunas veces por el comercialismo lo cual me ha hecho aterrizar con gentes como Antonio Macahado, Octavio Paz, Pablo Neruda o Jaime Sabines. Aah Sabines... Sí Sabines inevitablemente este tipo con su manera de escribir me atrae y me lleva a sentir, que hasta para escribir, se necesita vivir de la forma extraña e inconcebible y sí a veces tambien indefinible que solo se puede dar en el mexicano.
Sabines es para mi algo así como el José Alfredo de la poesía, letras que le hablan al amor con dolor infinito o con tristeza extraña, letras que se toman de la mano con la muerte o con la pobreza, que en ocasiones termina siendo pobreza de alma envuelta en la soledad abasoluta, desangrandose siempre en locuras infinitas que solo se dan cuando extrañas con algo de dolor desgarrado la presencia de aquello o de aquella que a veces esta demasiado cerca, pero como de costumbre terriblemente lejana y entonces solo terminas repitiendo las palabras de Sabines:
¿Qué putas puedo hacer, Tarumba,
si no soy santo, ni héroe, ni bandido,
ni adorador del arte,
ni boticario,
ni rebelde?
¿Qué puedo hacer si puedo hacerlo todo
y no tengo ganas sino de mirar y mirar?
Y entonces me vuelvo a preguntar:
¿Que putas puedo hacer, Tarumba?